¿Qué hace tan especial un Mundial?
La victoria de Ecuador nos recordó que todo Mundial lleva consigo una dosis alta de incertidumbre, tal vez por eso sea tan apetecido para el ser humano, que, en medio de contextos geopolíticos tensos, guerras sin sentido, hambrunas y terremotos, decide mirar hacia el campo de juego para conscientemente olvidarlo todo.
En un Mundial lo único que puede estar en el papel sin confusión alguna es el nombre de las selecciones. Los más famosos escritores han sucumbido ante las líneas rojas del resultado, siendo reprimidos por el mundo digital en la evidencia de sus errores. Los analistas más precisos han fallado y los brujos han quedado en ridículo.
Predecir lo impredecible hace parte del juego; pero no es el juego en su esencia. De esta manera cada cuatro años insistimos en correr hacia las puertas de la adictiva incertidumbre del fútbol, el lugar común al que podemos pertenecer sin ser juzgados de ricos, pobres, negros, blancos. Es la pausa en el camino que decidimos tomar.
No hay selección de la que no se hable, ni futbolista que quede en el anonimato. Los ojos de millones de personas puestos en 1248 jugadores. El lesionado, el que está en la banca, el que se quedó con el reloj, el que regresó a casa, el que no quiere volver a casa, al que estafaron, el que se hizo famoso después de un partido. Todos tienen su lugar.
Por eso es especial un Mundial, porque parece que nos devuelve la esperanza de pertenecer a la incertidumbre mientras nos lo cobran todo y todavía nos informan que es a un módico precio. Dejando la realidad atrás, optamos por aceptarlo al costo que sea, porque después de todo, sentirnos parte de algo es lo que importa.