La brevedad de la victoria

Saborear un podio, cumplir una marca, colgarse una presea dorada, tan largo el camino y cuan corta es la celebración. El deporte como la vida misma.

Este escrito pretende ser una pausa, un respiro en el ajetreado campo deportivo, inundado de estrellas pero sin el tiempo necesario para contemplarlas.

Todos los actores, sin importar su papel en el escenario, mantienen un ritmo frenético hacia la exaltación, en esa necesidad imperiosa de conseguir el aplauso, o de ser visibles entre la multitud.

Nacemos para competir

No existe otra especie en la tierra más vulnerable como la de ser humano. Desde que nacemos la sociedad nos obliga a la victoria. El logro de aprender a caminar, el logro de aprender a hablar, el logro de articular el lenguaje, el logro de tener un buen desarrollo psicomotor.

En la infancia el factor social determina parte de nuestro carácter. Un factor social influenciado por la relación con el padre, la madre, o aquellos quienes han decidido protegernos. Son esos momentos donde nuestra memoria secundaria recopila toda la información que aparecerá en distintos instantes en la adultez configurados en conductas.

El reto social se transforma en la adolescencia, cuando la manera de pensar se va liberando. Llegan los pensamientos más abstractos. Cuál es nuestro lugar en el sitio donde estamos y empiezan los conflictos en esa competencia interna de demostrarnos que ese es el mejor lugar, o al contrario, chocamos con el mundo que nos rodea, porque parece que vamos perdiendo la razón frente a otros.

En la juventud aparencen los rasgos más filosóficos, donde empezamos a implantar nuestros pensamientos en otros y tenemos una idea de cuál parece ser nuestro lugar en el mundo. Racionalizamos mejor y estructuramos la idea que lo subjetivo se puede volver objetivo.

Existe una consciencia permanente que nos indica lo que debemos hacer y cómo ser parte del sistema social para encajar. Verbalizamos nuestra existencia en relativos pasos que ni siquiera estamos preparados para afrontar, pero que en ese afán de competir con nuestro yo interior, decidimos asimilar.

Estudiar, entrenar, trabajar, ganar, amar, celebrar, comprar, reproducir y morir.

Ser humano

Incluso el sistema tal como está construido nos obliga a sentirnos fracasados. Relega la felicidad a un plano donde la satisfacción subyace de la insatisfacción del otro. Donde el segundo es el primer perdedor. Y donde nadie después del primero es lo suficientemente bueno.

En ese camino a la victoria olvidamos que tenemos derecho a equivocarnos, a no pensar, a guardar silencio. Tenemos derecho a llorar, a resguardarnos en una tarde de sol, o simplemente a querer entrenar en una mañana lluviosa.

Tenemos derecho a no querer tomar café en las mañanas, tenemos derecho a no saludar, a dejar de comprender y a caminar más despacio. Nuestra condición, tan vulnerable, nos da el derecho a no reinventarnos, a dejar que el tiempo suceda sin más. Es tal vez esa consciencia de vulnerabilidad la que un momento determinado, nos impulse hacia el deseoso lugar de la excelencia deportiva.

El tenista español Carlos Alcaraz, aprovechó una producción audiovisual millonaria en Netflix, para explicarle a su ex entrenador, Juan Carlos Ferrero, que él quería ir a su ritmo, que la victoria era parte del camino y que en el camino, a veces se pierde. Un mensaje contundente que clarificó con su más reciente Grand Slam en el Abierto de Australia: un déjame llegar a la meta a mi manera, no siempre es como la sociedad dice.

¿Desde cuándo nuestra vida se volvió una obligación ante la mirada de los otros?

La brevedad de la vida nos indica que tenemos derecho a perder, aún cuando la sociedad nos haya vendido que la satisfacción está en la victoria. Disfrutar el camino es una construcción constante de identidad, donde al final, lo más importante es la experiencia de vivir.

Tanto queremos ganar como Michael Phelps, que ha dicho que no quiere que sus hijos naden. Una desgarradora relevación de la máxima leyenda de la natación en el mundo.

Así que, respira, entiende la brevedad de la victoria y disfruta el camino.

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